y llegó a estar "ahicito" nomás!
Érase una vez en Volcán…
(de amores platónicos, al
filo de lo sexual)
José me
contó esta anécdota que lo muestra de “cuerpo entero”. Años después llegué a
entender lo que era, un tipo que arriesgaba poco aunque ciertas decisiones
tomadas en su vida parecieron demostrar lo contrario.
Y como
ejemplo de ello siempre se acuerda que su hijo -uno de ellos- lo identifica con
sus contemporáneos “poco jugados” definiéndolos como “hippies con OSDE”.
Lo
sucedido esa tarde de otoño, ocurrió en la época en que tanto el como su amigo
ambos tenían OSDE. Eran a lo mejor poco jugados, pero el “hipismo” al menos
para José, había quedado allá lejos a inicios de los 70.
Año 93 o
94, su compinche de siempre “el Chelo” lo buscó por su departamento a sabiendas
que estaba solo y que no se podría negar a acompañarlo.
- ¡Vamos hermano estoy con las dos minas en la camioneta
no me podés dejar solo! -
-Pero… ¿quiénes son? - ¿Yo las conozco? -
-Claro son Delfi y Luli y quieren ir al norte pero no
solo conmigo. Quieren que seamos “dos pa dos” (textual expresión, muy jujeña
además).
José
subió a la camioneta. Saludó besando a ambas sentándose en el único espacio que
quedaba, mientras pensaba que iban a viajar apretados, en ese asiento común de
pick up cabina simple y palanca al piso. Delfi pegada a su amigo y Luli pegada
a él. Incómodos todos pensó, mientras sentía el calor en su cara y en su pierna
izquierda pegada a Luli, de minifalda para colmo de males, “o de bienes”. No
quiso mirar hacia abajo en ningún momento, mientras el Chelo se reía y hacia
bromas referidas a la situación incómoda en que ponía a José, de hecho, él
siempre supo lo que era Luli para su amigo.
Los tres
reían mirándolo a José en su incomodidad “placentera”, quien escuchaba sus voces
como en segundo plano. José estaba en otra, pegado a la pierna de Luli, la
“mina que cuando baila folklore tiene el mejor zarandeo del NOA y alrededores” -pontificaba
José- apenas unos meses antes de esta salida no prevista y en su reunión
habitual con sus amigos de la barra de Tafí del Valle.
Llegando
a Volcán alrededor de las cinco de la tarde su amigo preguntó si tenían hambre.
Si! Asintieron al unísono los tres. Entraron al pueblo, ese Volcán post
inundación del año 1984, cuyas huellas todavía podían verse en las calles mas
alejadas de la ruta, con grandes masas de barro ya endurecido y que nunca llegaron
al rio. Un pueblo triste, de siesta norteña de otoño sin gente en la calle, ya
que, a esa hora el viento frio se instala y es parte del paisaje.
Entraron
a una casa con un viejo cartel de chapa despintada adosado a la pared del
frente, que anunciaba una gaseosa ya
inexistente en el mercado de los noventa. Golpearon las manos entrando ya,
mientras José se afirmaba en una especie de mostrador falto de pintura desde
hace años. Había unas pocas mesas, tres o cuatro con algunas sillas, y apoyado
en una de las paredes descascaradas un Sapo (el juego del sapo) mudo testigo de
lo que sucedería unas horas más tarde.
Apareció
una mujer joven de unos 25 años o menos. –“Buenas tardes Niña, que tiene para
darnos de comer”? - preguntó el Chelo en voz alta. Debe tener los oídos tapados
por la altura - pensó José- a él ya le dolía la cabeza, un dolor leve a modo
de aviso que necesitaba algo sólido en su est´mago ya!. Su problema de siempre: la
relación con la comida y el horario.
-Solo tengo bebidas: cerveza al tiempo, gaseosas y alguna
bolsita de papas fritas, nada más señor-
-Tráiganos entonces dos cervezas, una gaseosa y dos
bolsitas de papas, ¿seguro que no tiene pan y algún fiambre? ¡No, disculpe!
Cerveza
sin algo sólido -pensó José- a sabiendas que su dolor de cabeza le jugaría en
contra, más la incomodidad de la situación y del lugar, mientras que el clima
del atardecer se mostraba “muy Volcán”: frio, y un gris particular a pesar del
sol que, además de débil ya se escondía tras los cerros. El había logrado
sacar de su casa un suéter pues se reconocía friolento. Las chicas y su amigo
de mangas cortas, ya que habían salido de la ciudad con mucho sol y temperatura
más que agradable.
Despues
de tomar una cerveza y media gaseosa mas todas las papas alguien preguntó:
- ¿Seguimos viaje a Purmamarca?- No vale la pena, vamos a
andar muy tarde y aquí tenemos un sapo para pasar el rato antes de volver, ¿no
te parece hermano? -dijo el Chelo. Un José dubitativo contestó: “bueno meta y
hasta aventuró: yo hago pareja con Luli”. Hubo sonrisas cómplices mientras José
pensaba: yo de jugar al sapo sé tanto como de mandarín básico, a la vez que sabía
que su compañera, como asidua concurrente a las fiestas de campo, de esto sabia
un montón, y se tendría “que jugar la vida” para evitar pasar vergüenza y
cargadas incluidas. Cada vez que miraba hacia abajo o ella se agachaba
apartaba de inmediato la mirada de esa minifalda. Sentía que se sonrojaba y se
decía: “¡a esta edad carajo!”
Las
chicas tomaban cerveza “parejito” y ya iban por la tercera. José trataba de
tomar más gaseosa que cerveza, pero el juego incluía tomar un vaso de cerveza,
a modo de prenda cada vez que una pareja perdía puntos en el juego a manos de
la otra. José sufría, la cerveza nunca fue su bebida preferida, y el frio mas
el hambre, habían logrado que se instalara definitivamente su reconocida
jaqueca que lo incomodaba sobremanera.
Sin
embargo, y a pesar de la incomodidad, notaba que Luli flirteaba con él y lo alentaba
cada vez que era su turno de “tirarle al sapo”, saltando de alegría genuina si
su compañero embocaba una ficha con puntaje alto, y ni que hablar si “hacia un
sapo o una vieja”. Hasta aquí y pese a estar perdiendo, José creía en la suerte
de principiante, hasta que, en un momento de definición su compañera
influenciada por Delfi soltó la frase - y ya bajo los efectos primarios del
alcohol- “si mi compañero emboca una vieja pasamos a la habitación del fondo
y que sea lo que Dios quiera”. Me olvidé de aclarar que ese viejo Almacén tenía
en la parte de atrás dos habitaciones para viajeros ocasionales. Todo muy
austero por supuesto.
José
como en una ultima bola de un casino, agarró las fichas, poniendo todo su
empeño y apostando todo a ganador, tiró sin demasiada puntería hasta la
penúltima, cuando, con la última en su mano miró a Luli cada vez con menos fé
en su suerte creyendo ver -e insistió aquella vez en que me contó la anécdota- volar
la ficha como en una escena en cámara lenta, y a ésta rebotar en el borde de la
boca del sapo, cayendo una fracción de segundos despues, al tablero sin
siquiera entrar en ninguno de sus huecos puntuables.
La
vuelta a Jujuy, aunque con Luli muy pegada a él supo que, una vez mas su necesidad
de estar con el estómago lleno y sin frio, eran condiciones imprescindibles
para estar “en onda” y afrontar la situación aun con la cerveza jugando en su
contra. Decepcionado, porque supo que ésta había sido su oportunidad -ya
perdida- de haber pasado a la habitación contigua al Almacén con Luli: “la del
zarandeo más lindo del mundo”, por culpa de una caprichosa ficha de sapo, “la
última” que no entró donde debía. La suerte de principiante le había sido
esquiva una vez más.
No quiso
pensar, sentía a Luli pegada a él, apoyada la cabeza en su hombro con ese pelo
largo negro, más un suave aliento a cerveza, lograron transformar la desilusión
en algo placentero, aunque la posibilidad del sexo había quedado atrás en ese
pueblo de pelicula del oeste. Ella además, traía puesto su suéter color verde
musgo que él amaba, pero en el fondo rogaba que se lo quedase pues le quedaba
perfecto, y supo que le hubiese gustado cruzarse con ella unos días despues todavía
usando su suéter, no importaría que ello le recuerde su condición de perdedor.
Al contrario: “Sarna con gusto no pica” dice el refrán.
Supo que
su amigo iba a dejarlo antes a él, ya que su departamento estaba muy cerca de
la entrada a Jujuy viniendo desde el norte. Bajó de la camioneta y sintió
frio en las partes donde había rozado el cuerpo de Luli, durante una hora de
vuelta que le pareció cortísima. Besó primero a Delfi estirándose por sobre
Luli. Luego, ya en la mejilla de ella, se detuvo una fracción de segundo más de
lo normal.
-Tomá tu suéter compañerito- No por favor, cuando bajes en
tu casa se lo das a Chelo okey? -Bueno gracias, y se estiró para darle un beso
ella esta vez- en fracción de segundos recordó la escena de una pelicula de
ciencia ficción en donde el protagonista se “derretía” -literal hermano- me
dijo cual un chico de la generación millennial.
No sé si
aclaré al principio, pero me contó la anécdota sentados en un bar de Buenos
Aires. “Antes – acotó José- había yo perdido otras oportunidades con otras
protagonistas y me quedó en esas ocasiones un cierto sabor agridulce. Esta
vez no, ya que sentí ese olor del azúcar en el aire caliente de ingenio
azucarero, en el sector donde las mieles se separan del azúcar que ya tiene
forma de granos. Es un olor muy particular, pues bien, ésta mina era para
mi una cosa peculiar, representativa de la región con su tez morena y olor a
campo, que ahora en este instante lo relaciono con un ambiente de aire cálido
de azúcar de caña. ¡Único! Ese espacio que aun en pleno invierno, ostenta un calor
húmedo y pegajoso como la miel de caña. “Cosa rica carajo!” dicho esto, José se
llamó a silencio.
Esta historia ocurrió unos 10 años despues de la gran inundacion de 1984, no hay fotos del pueblo de esos años. Si encontré en cambio fotos de acontecido en el 2017, que creo no altera demasiado el panorama. Por ahi, la esquina del pueblo que muestra la foto es "ahicito" nomás del Almacén donde sucedió, lo sucedido!

HERMANO SACA UN LIBRO CON TODAS ESAS ANÉCDOTAS CONTADAS A LA PERFECCIÓN...en serio loco..ABRAZO
ResponderEliminarY... Ése de la foto con capa amarilla es el Chelo??,,, es iguaaal
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