Asi están las cosas

 

Los escritos del tio Pelu…

(escrito al día siguiente del partido del año)

                        Los que me conocen – hete aquí que va el ego- saben de mi relación con tres números: el primero de ellos el 16, que si bien fué un número jalón para mi fallida autobiografía, es inevitable que lo preceda al 17 el cual es en si mismo un número atemporal en mi vida pero, es el que me marca claramente el paso del tiempo, y una vez escuché de boca de un capo en RRHH, una cita que decía “Dios perdona el tiempo no”. Y fue justamente él, quien hacía las veces de disertante en aquel lejano seminario en Termas de Reyes, el que atribuyó al número 14 la potestad de erigirse como un desmesurado reconocimiento a un alumno de secundaria. Pero esto es “harina de otro costado”, tal como lo dice un amigo muy querido.

                        Anoche perdió Racing 5 a 4 contra Estudiantes de La Plata y si bien fue un partido que calificaron como “infartante”, ya me ven aquí estoy relacionando o por relacionar a Racing con mi viejo y el número 17.

Y aquí se viene la perorata. (subtitulo 1)

                        Promediaban los años 50, de hecho mi hermana y yo rondábamos 8 o 9 años. A la vuelta de la escuela primaria turno tarde, ambos salíamos a jugar o en la vereda o en casa de amigos del barrio. Solíamos volver a casa minutos antes de la cena en invierno, ya de noche cerrada, en verano en cambio -especialmente yo- llegaba tarde a casa, ya que la luz vespertina me permitía a mí y a mis amigos jugar por ejemplo, a la “pelota paleta” y hasta momentos antes que no se divisara más la pelotita, que además era de color negro y chiquita. Este deporte hoy casi en extinción -al menos en nuestro norte- lo jugábamos ahí a la vuelta de casa en el Frontón Tucumán calle España al 100. Ocurría casi todo en la misma manzana o en una o dos manzanas vecinas a lo sumo.

                        Nuestra casa de alquiler -se dice ahora- quedaba en Monteagudo al 1000 y cuando decidíamos hacer básquetbol nos juntábamos de prepo, casi sin avisarle al canchero de la cancha del club Estudiantes “la cebra”, en Monteagudo al 900. La vía del tren dividía a los chicos de la Monteagudo al 1000 de los que vivían “pasando la via” o sea Monteagudo al 1100. Igualmente esas calles Monteagudo. Rivadavia, o Balcarce, por citar algunas con nombres de próceres, pero ¡próceres de verdad no estoy jodiendo! desde el 900 en adelante ya estaban fuera de la cuadricula tucumana enmarcada por las cuatro avenidas, o sea ya éramos “changos” de barrio.

                        Otro de los juegos que hoy me sirven para hablar de diferencias sociales y porque no del 17, eran las carreras de autitos en la calle. Y era así nomás ya que en aquel tiempo pasaba un auto “cada muerte de obispo”, y todavía no había ómnibus urbano así que, marcábamos la pista con carbón y “corríamos con autitos de plástico con modelos que imitaban a las “coupecitas” de los hermanos Gálvez o de Marcos Ciani. Se los rellenaba con masilla para darles peso y las ruedas se hacía con tapitas de frasco de penicilina. Seguramente ganaba el que tenía mejor peso y ajustaba las rueditas de manera tal que, el autito saliera despedido velozmente y que no volcara ni se saliera de la pista. Insisto en mi barrio eran marcadas con carbón ya que eran calles de hormigón.

                        Subtitulo 2: las carreras de autitos ya casi en los 60 en calles asfaltadas con pistas marcadas con tiza blanca: Monteagudo o Rivadavia al 800 o 700 donde nuestros contrincantes ya tenían autitos metálicos con suspensión y especiales para andar sin vuelcos en esas, ¡sus calles!

                        Cuando íbamos a competir allí con esos chicos íbamos los mejores, no solo como competidores sino los que tenían mejor preparada la “coupecita” de plástico, y como había mejor iluminación en esas calles del centro jugábamos hasta muy tarde. A veces no llegaba a tiempo a la cena y otras directamente no iba, hasta que, una noche calle Monteagudo abajo, pude divisar casi una delegación familiar presidida por mi viejo, mi vieja por detrás, algún amigo vecino y algunos de los amigos que habían quedado en el barrio, sin integrar la escudería de competición los que, seguramente, guiaban a mi viejo al lugar que ellos sabían estaba yo y algún otro “corriendo carreras con autitos de plástico” contra unos de colección, metálicos y con suspensión.

                        A mi viejo se lo escuchaba llegar diciendo la palabra mágica, que definía lo que para el significaba esa situación incómoda: “Qué tragedia Cuco!, qué tragedia!” Para colmo de males venia en pijamas y pantuflas de esas para estar en casa, de hecho muy incómodas para caminar. Al llegar al lugar y parado en medio de la pista solía decir: “¡hijo querido Pelusita, me vas a matar!” No había medias tintas para definir la desgracia -el cambiaba por tragedia- herencia de la guerra civil española seguramente. De penitencia o castigo por ello. ¡Olvidate!

                        El 17 es mi número atemporal, pues cumplo los años (porteño básico). Recuerden que cuando Riverito en Radio Mitre cantaba los números de Quiniela o Lotto etc. y salía el 17, el locutor de turno adjetivaba: “La Desgracia! y mi viejo como yo y dos de mis hijos cayeron en la “desgracia” mencionada, era y somos hinchas de Racing y el hecho de serlo por herencia o quien sabe porque razón ya es una operación “a corazón abierto”. Ayer desde el cielo “racinguista”, y viendo el partido desde una platea privilegiada se escuchaba “Que tragedia Cuco!, que tragedia!



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